Sentido vital y crisol de lo humano

Publicado el 17 de julio de 2026, 10:44

 

 

Mi madre me bordo un barco en la pechera del overol. No era de papel, ni de madera: era de hilo de algodón, de esos con los cuales ella solía hacer sus aretes de oro y plata, sólo que esta vez no retorcía metal, sino destino. Lo colocó justo donde palpita el corazón, como si intuyera que todas las travesías verdaderas comienzan en ese músculo incansable. 

Ella era una artesana de la bondad, sus manos acostumbradas a doblar alambres y engarzar piedras, también tendían camas, lavaban ropa y cocinaban caldos. Cuando decidió no apoyarme para estudiar la secundaria, no fue un abandono, sino un acto de fe disfrazado de silencio. Tú puedes solo —me dijo sin decirlo—, y tal palabra me arrojó al mar sin salvavidas. Ahora veo que aquella seña fue el primer viento que hinchó mi vela.

Pero mi padre escribía con las manos sangrando. Sus dedos trazaban gestos nocturnos sobre papeles que nunca llegué a descifrar del todo. Su caligrafía estaba hecha de heridas que sólo se podían ver en la madrugada, cuando la casa dormía y él, iluminado con una vela, dibujaba mapas de ausencias. Esos mapas no trazaban coordenadas geográficas, pero sí emocionales: me enseñaron que el amor también se escribe con tinta de dolor. Con sus manos de orfebre ella, él con sus dedos de escribiente, me bordaron entre ambos un rumbo. No me dieron un destino, sino una brújula, que todavía traigo tatuada en mi pecho y que ha guiado todas mis travesías.

En la mitad del invierno encendí con Marcela el fuego amoroso. Ella me hizo conocer a fondo el mar. Su padre, dueño del taller Zerimar, brillaba por el oro que salía de sus manos, pero brillaba más por su calidad humana. Nos conocimos en la facultad de psicología y nos casamos dos años después. Un viaje por el Caribe nos regaló su familia; vimos muchas islas llenas de viento, color y sabor. Así empezó nuestra travesía matrimonial, que dio como fruto a Quetzalli, nuestra primera hija; después vendrían Ricardo, Itzel y Pablo y más tarde nuestros nietos: Amalli, Luisa, Mara, Oliver, Milllo, Killian y Michell.

Marcela disfruta de la alfarería de Tonalá y Tlaquepaque, por eso en nuestra casa abundan nacimientos, ollas, cazuelas y platos de barro, que son tan utilitarios como suntuarios. Ella es hija de orfebres, y su familia materna fue vecina a la mía en el barrio del Sagrado Corazón, demasiadas coincidencias. Con el tiempo aquella vecindad se hizo vecindad de alma, y Marcela entró en mi vida con la naturalidad con que se enhebra el hilo de oro en la tela. Nuestros viajes en barco —la Luna de Miel por el Caribe, el trayecto a Buenos Aires rumbo a Montevideo, el de San Blas a Isla Madre— así como las lanchas menores, han sido espejos: en la inmensidad del agua he visto reflejadas a las personas quienes me enseñaron bondad, dignidad, honestidad y laboriosidad. Los valores otorgan sentido a la existencia, y el mundo adquiere significado en función de la realidad a la cual se le da sentido. Todo ello ha tenido en ella una pieza clave.

Mi hermano Fernando, el mayor, quien ya había leído los libros que yo apenas empezaba a hojear, era mi ídolo terrenal. Mi primer territorio de exploración fue su biblioteca, que se encontraba en la sala. De él aprendí que la lectura es un puente hacia otros mundos y que el conocimiento se hereda como un balón que pasa de un pie a otro. Mi hermano David, mi primer compañero de aventuras, me acompañó a lo largo de los cinco años del colegio Salvatierra. Años más tarde comprendí la magnitud de su generosidad: el primer sueldo que ganó no se lo gastó en sí mismo, sino que lo invirtió en un viaje con mis padres a Puerto Vallarta para rastrear los vínculos familiares de El Tuito. Ese gesto, que para los demás era una cosa de nada, fue para mí una revelación. David no decía amor, lo hacía. Su dar era silente y cotidiano. Así aprendí que el amor no se mide por lo que se tiene, sino por lo que se comparte, incluso cuando los bolsillos están vacíos.

Mis hermanas, Graciela, Rosa y Victoria, y mi madre eran las almas femeninas de la casa. Ellas daban un toque sensible a las tareas: cuidaban a los pequeños, cocinaban, limpiaban. Eran las virtudes teologales convertidas en carne: Graciela, con la paciencia de una tejedora. Rosa, con la sazón que daba sabor a lo cotidiano. Victoria, con la energía para remover hasta el último rincón. Sin ellas la casa hubiera sido una concha. De ellas aprendí que lo femenino no es un adorno sino la columna vertebral que sostiene los días.

La segunda mujer más importante en mi vida fue mi tía Eduviges. Me enseñó a regar las plantas, a tender la ropa, a lavar los trastes, y en esos actos descubrí que el cuidado es un lenguaje, el orden una caricia, la limpieza un ritual de amor. La lección más dura fue la del alcohol: nunca me dijo “no bebas”; me mostró con su vida lo que se gana y lo que se pierde. Mi prima Hortencia, del Distrito Federal, siempre tuvo gestos atentos con mi madre y mis tías, sus llamadas eran un oasis en el desierto. Su generosidad no conocía fronteras.

Mi primer maestro de tierra —de la que se pisa, de la que sostiene— fue el padre Quintana. En el colegio Salvatierra, él era un pilar de presencia; me enseñó que la autoridad se encarna, no se impone. La maestra de quinto me hizo ver la mística del número ocho, el infinito acostado, y esa escuela, junto al templo del Sagrado Corazón, era un lugar donde lo sagrado tocaba lo cotidiano. La profesora Luz María Mora me enseñó a respetar la matemática desde el amor, y en ese respeto aprendí que hay órdenes invisibles que sostienen al mundo.

El profesor Luis Cisneros me enseñó a oír, a percibir el silencio de entre las notas, a comprender que Beethoven es una corriente de aire que pasa por el aula. El canto es viajar sin moverse, me lo enseñó mi compañero Antonio Velazco, tenor profesional. El director Antonio Aceves me enseñó que dirigir es ordenar el caos con confianza. El doctor Bancalari me dijo que la vida es un sistema de relaciones, metáfora del amor. Alfonso Rodríguez me hablaba de la psicología como vocación. Mi mentor jesuita, Juan Manuel González de Mendoza, me inició en el arte del discernimiento: caminábamos por los pasillos mientras deshacía, sin prisa, nudos conceptuales, confiando en que el camino revela lo que hay que ver. Él me demostró que el conocimiento no se posee, se transita. Hugo Zemelman me enseñó que pensar es navegar; Noé Jitrik, que la inteligencia más honda no necesita demostrarlo.

Don Panchito, albañil, fue quien me enseñó que levantar un muro es un acto de fe para el futuro. En cada paleta vendida, nos demostró don Ventura, paletero, un vínculo de confianza. El colaborador de la NASA Tomás del Solar presumía su diploma de muñecas de trapo como su mayor logro, porque me enseñó que el valor del conocimiento está en tejer humanidad. Don Amado Galván, alfarero, me dio la lección de modestia más grande: el barro es más viejo que el alfarero. Doña María Arana me mostró la grandeza de lo pequeño y la ironía como filtro de la vida. Martina Covarrubias Panduro, que partía el pan en ocho y no se quedaba con el suyo, me enseñó que la generosidad no empobrece, multiplica. Ella era el fuego que nos calentaba, el barro que se transformaba en hogar.

Ahora miro hacia atrás y veo todas aquellas figuras humanas –los familiares y los extrafamiliares– entrecruzarse como hilos de aire, agua, fuego y tierra. En este crisol, tan solo el corazón y las manos son los instrumentos. Las travesías del amor van recuperando esos hilos, porque el amor es movimiento, es cambio, es flujo; también es fuego y tierra. Mi madre y mi padre me bordaron un barco en la pechera. Ese barco no me llevó a un lugar específico, sino a todos los lugares, porque el amor no es un destino, sino un viaje. Cada uno de los que he nombrado ha sido un viento que empuja la vela, un fuego que alumbra la noche, un agua que calma la sed, una tierra donde anclar.

La travesía sigue su rumbo, pues la vida se va por caminos imprevisibles, incansable. Aunque el barco está desgastado, sigue a flote porque no es de madera ni de papel: es de hilo, y ese hilo fue tejido por manos de bondad, sobre un pecho, muy cerca del corazón. Con los hilos de oro de los recuerdos más entrañables de mi familia y de mi entorno, que le dan sentido y direccionalidad a mi vida, y con los que le doy una trascendencia cordial a mi paso por este mundo, entretejo todo esto. En ese crisol de afectos, de oficios y enseñanzas, el sentido no se encuentra, se construye; no se hereda, se teje. Y ese tejido, frágil y tenaz como el hilo de algodón, es lo que al final nos sostiene.


Ricardo Romo Torres

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